Consagrar algo o a alguien significa por tanto dar esa cosa o persona en propiedad a Dios, quitarla del ámbito de lo que es nuestro e introducirla en su atmósfera, de modo que deje de pertenecer a nuestras cosas para ser totalmente de Dios […]. En el Antiguo Testamento, la entrega de una persona a Dios, es decir, su “santificación”, se identifica con la ordenación sacerdotal, y de esta forma, se define también en qué consiste el sacerdocio: es un cambio de propiedad, un ser quitado del mundo y entregado a Dios. Con esto son evidentes por tanto las dos direcciones que forman parte del proceso de la santificación/consagración. Es un salir de los contextos de la vida mundana, un “ser puestos aparte” por Dios. Pero precisamente por esto no es una segregación. Ser entregados a Dios significa más bien ser puestos en representación de otros. El sacerdote queda apartado de las conexiones mundanas y entregado a Dios, y precisamente así, a partir de Dios, está disponible para los demás, para todos.