El sacerdote es el hombre de Dios, es el ministro del Señor; puede realizar acciones que trascienden la eficacia natural porque actúa in persona Christi. A través de él pasa una virtud superior, de la cual él, humilde y glorioso, en determinados momentos se convierte en instrumento válido; es vehículo del Espíritu Santo. Una relación única, una delegación, una confianza divina transcurre entre él y el mundo divino. Sin embargo el sacerdote no recibe este don para sí mismo, sino para los demás: la dimensión sagrada está ordenada por completo a la dimensión apostólica, es decir, a la misión y al ministerio sacerdotal. Es bien sabido que el sacerdote es hombre que vive no para sí mismo, sino para los demás. Es el hombre de la comunidad. Éste es el aspecto de la vida sacerdotal que hoy mejor se comprende. El servicio que presta a la sociedad, especialmente a la eclesial, justifica ampliamente la existencia del sacerdocio. El mundo lo necesita. La Iglesia lo necesita.
Pablo VI
A los sacerdotes de la Iglesia católica, 30 de junio de 1968